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UN PASEO POR EL XURÉS

Dejamos atrás las tierras de Bande e iniciamos el descenso hacia Lobios. Casi de manera repentina irrumpimos en un paraje diferente, propio de un diseñador de paisajismo. Incluso el clima tiene aquí otro aroma. Las curvas de la carretera perfilan un desfiladero que el río Limia ha ido conformando a lo largo de millones de años. Arriba, montañas agrestes y aserradas, donde pinos, uces y carpazas crecen a su antojo albergando una variada fauna de corzos, lobos, conejos y perdices. Abajo, el embalse de Lindoso sirve de espejo al rebaño de pueblos que con sus bancales se miran en el agua azul, la misma que baña a los vecinos de Portugal.

web_santa maría de entrimo

El ayuntamiento de Lobios posee una gran riqueza artística y cultural. En la “Oficina de Turismo Parque do Xurés” una exposición permanente nos ofrece una visión general de la zona, y personas dispuestas siempre a proporcionar al viajero cuanta información necesite, de acuerdo a sus preferencias.

Merece la pena visitar el Mueso Numismático, una excelente colección particular propiedad de don Jaime Paz Bernardo, numismático profesional, natural del lugar de Quintela.

Tres iglesias del siglo XVIII esperan impacientes la llegada de viajeros y peregrinos. La parroquial de Lobios, con gran torre; la de Manín o de Aceredo es de estilo barroco y fue trasladada piedra a piedra a Ludeiros cuando se construyó el embalse de Lindoso. En esta zona de la sierra de Santa Eurfemia, según cuenta la leyenda recogida por el padre Flórez, en el año 1090, una pastorcita, mientras apacentaba su rebaño, vio asomar entre las peñas una mano con un anillo de oro, del que se apoderó quedando muda al instante. Enterado su padre del hecho, regresó con la joven a restituir la joya. En el monte, una voz misteriosa les dijo, en gallego, que se trataba del cuerpo de Santa Eufemia, martirizada en la cudad de Obóbriga en tiempo de Antonino Pío. El cuerpo fue desenterrado y colocado en la ermita de Santa Mariña, en la frontera de las diócesis de Braga y Ourense.

La disputa por el cuerpo de la mártir finalizó con el acuerdo de colocarlo en un carro tirado por una pareja de toros salvajes y que fuese la providencia quien dictase sentencia. Nuevamente nos encontramos aquí con el patrón literario del traslado de los restos del Apóstol.

Los toros tomaron el camino de Ourense y se detuvieron entre la ciudad y el pueblo de Seixalvo. En ese punto se construyó una capilla que estuvo en pie hasta el siglo XVI. Más tarde, los restos de la Santa fueron trasladados a la Catedral.

Continuamos en la ladera de la sierra, entre Compostela y Ludeiros. En un recodo descubrimos las ruinas de A Escusalla, una enigmática construcción de la que apenas existen datos históricos. Se cree que fue un convento, después una casa feudal que un cantero le compró a un sacerdote que a su vez había heredado de un misterioso monje, y que fue cárcel de la inquisición. Aún se puede contemplar, no sin cierto sobresalto, el amplio patio, donde crecen espléndidos robles que sacan su copa al sol, su capilla dedicada a San José, sus columnas y la vieja escalinata por donde, de vez en cuando, según cuentan los viejos, se pasea el espíritu del fraile.

Desde Ludeiros, montaña arriba, llegamos hasta la ermita de San Pedro, muy venerado por los naturales. Justo al lado, un roble multicentenario de considerables dimensiones sostenía en sus ramas abiertas, hasta hace poco, el templete donde los músicos tocaban el día de la fiesta patronal. Nos cuentan los devotos del Santo, que, antiguamente, para provocar la lluvia en épocas de sequía, a espaldas del párroco, sacaban la imagen en procesión y la conducían hasta un pozo cercano donde le lavaban la cara. El ritual surtía su efecto, pues aseguran que al día siguiente, o dos días después, llovía.

Nuestro próximo destino es Santa María de Riocaldo, pero antes subimos a la ermita de Nuestra Señora del Xurés, virgen que, según la tradición, se apareció montada en un caballo que dejó las huellas de sus herraduras en una peña, y a quien los lugareños tienen gran devoción. Ella misma, como en otros santuarios marianos, pidió que se le levantase allí una capilla.

La zigzagueante subida es a la vez premio y castigo. Las capillas del calvario del siglo XVIII nos salen al paso. Grandes rocas graníticas con formas caprichosas se yerguen como guardianes de la montaña tapizada de uces y carrascas. Al llegar, casi se puede tocar el cielo con el dedo. Abajo, lejos, lejos, se divisa un trozo de valle de la Baja Limia con su rosario de parroquias.

 

EL PARQUE NATURAL DEL XURÉS

El diseño del paisaje es una combinación armónica de sierras agrestes de elevados picos que caen casi en vertical, con otras más redondeadas. Los sedimentos graníticos de los glaciares dieron lugar a las piedras caballeras que confieren al paraje una buena dosis de exotismo e intriga.

Etimológicamente Xurés es lugar de agua. Fría y caliente. En las zonas altas y en los valles. Decenas  de riachuelos discurren por las grietas de las montañas y, en tanto desaguan en los ríos principales, forman hermosas cascadas.

La vegetación del Xurés alterna bosques de árboles de hoja caduca y de hoja perenne. En las zonas bajas crecen robles y sobreiras. Uces blancas, xestas, tojos, jaras, gamones y madroños componen el sotobosque. En las alturas se yerguen acebos, pinos y abedules. De toda la flora cabe destacar el lirio del Xurés, especie autóctona y exclusiva, comparable a las más bellas orquídeas de la Amazonía.

La exuberancia del Xurés ha propiciado el asentamiento de una variada fauna, aunque el abuso del hombre ha provocado la extinción del oso y de la cabra autóctona que, en la actualidad, se intenta reintegrar. Conocer el Xurés es amarlo, y eso se consigue visitándolo y respirando su aire. Los amantes del senderismo y la naturaleza disponen de varias rutas diseñadas. En su recorrido podemos encontrar pintorescas cascadas, pozas en las que tomar un baño, antiguas cabañas de pastores, molinos, fuentes de agua cristalina, pueblos abandonados, ermitas, albarizas, antiguas minas y caballos salvajes.

 

AGUA PURA Y CRISTALINA

Por las entrañas del Xurés, como por las venas de un gigante de piel verde, corre sangre transparente y cristalina que brota por las fuentes y manantiales de la sierra; a veces, en pequeños chorros susurrantes; otras, en borbollones estruendosos y en cascadas de plata.

El agua del Xurés es limpia e inmaculada. Es mansa e inocente, que canta cuando sale del corazón de la tierra y se abre paso entre el verde virgen de las montañas y las masas graníticas de las sierras de Lobios, Muiños y Entrimo. Es la casta hermana agua que enamoraba al pobrecito de Asís. Es el agua santa que sacia la sed, que lava las llagas, que bautiza y que refresca la cara del viajero. Agua que sirve de alimento al lirio azul y lo torna en ejemplar único. Son las diáfanas aguas de las mil fuentes del Xurés, que en su camino hacia el valle susurran, medio escondidas entre la vegetación y las peñas, un canto a la vida. Fuentes en el camino, en los santuarios y en las ermitas. Fuentes de la vida y de la gracia que el creador bendice cada mañana antes de salir el sol.

Las mansas aguas del Xurés se convierten finalmente en vastos y reposados mares dulces, en espejos tersos y pulidos donde las nubes blancas que planean la sierra se miran, mientras peinan sus cabelleras de algodón para adornar más tarde los cielos de la Galicia del norte.

La Reina Santa, a su paso por estas tierras acercó seguramente sus labios a alguno de estos chorros milagrosos, como hacemos hoy los que visitamos esta tierra entrañable y mágica. Y cuenta la leyenda que, a veces, entre el burbujeo del agua aún se puede oír el eco de su voz.

web_a clamadoira web_fuente camino de a pontenova web_fuente de nuestra señora del xurés web_fuente en entrimo web_fuente en la subida a nuestra señora del xurés web_san pedro de ludeiros

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