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SANTA MARÍA DE OSEIRA

Refugio y descanso de peregrinos

Cada año acuden a visitar la maravilla que es Oseira más visitantes de todo el mundo y de todas las esferas sociales. Llegan con la ilusión de contemplar tanto el paisaje donde tiene su asiento el edificio, como la grandiosidad de sus construcciones. Todos admiran el acierto que tuvieron aquellos monjes medievales que en 1137 eligieron este lugar tan ameno, soleado, resguardado de los vientos del norte por hallarse escondido entre montañas. Fue con el fin de poder vivir más retirados del ruido del mundo, y tener más facilidad para vivir su vocación contemplativa, que consiste en santificarse y sacrificarse cada día más y más por el mundo necesitado de intercesión por los gravísimos problemas que pesan sobre él. El edificio se halla escondido entre la fronda, rodeado de arboleda de diversas especies. Por añadidura, el edificio, además de estar escondido entre montañas en un valle discretamente bello, se halla a la vera del pequeño río Oseira, que en tiempo de aguaceros fuertes forma preciosas cascadas. Todos desean contemplar su riqueza arquitectónica, pues tiene la gran suerte de haber sido devuelto a su primitiva grandeza gracias al esfuerzo de sus propios monjes. Oseira, que tuvo su origen a mediados del s. XII, se convirtió en uno de los monumentos más notables de la Orden, gracias al esfuerzo gigantesco de sus monjes, que todo les parecía poco para engrandecer la casa de Dios.

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Sobrecoge al viajero contemplar tanta grandeza desplegada en las dos fachadas del s. XVII y XVIII en ángulo recto, pero, sobre todo penetrar en los diversos patios rodeados de magníficos claustros que hoy se hallan en perfecto estado y los tres patios que enmarcan enriquecidos con sus fuentes idénticas a las que tuvo antes de desaparecer los monjes. La escalera de honor sobrecoge igualmente al visitante por su grandeza.

Pero lo más importante de Oseira son sus monjes. Porque Oseira no son solamente las piedras labradas cuidadosamente y colocadas con maestría, sino también los monjes que lo habitan. Una docena de hombres, procedentes de las distintas regiones de España viven en el monasterio entregados a su vida de oración y sacrificio.

Hoy, Oseira se ha convertido en un “refugio de peregrinos”, por el cual desfilan a diario multitud de romeros que caminan a Santiago.

La Desamortización

Con la Reforma y la Revolución Francesa el poder que la Iglesia había ostentado en Europa a lo largo de la Edad Media se debilita y, en virtud de decretos, es desposeída de sus bienes. Estas medidas llegaron también a España, con los Borbones. Con las leyes napoleónicas y la llegada al trono de José I se intensifican, y con la ley de Desamortización del ministro de Hacienda y masón, Mendizábal, adquiere su mayor crudeza. Se suprimen todas las órdenes monásticas mendicantes, las de clérigos regulares y las órdenes militares. Sus bienes pasan al Estado quien, lejos de administrarlos de manera honrada para potenciar la economía, hizo todos los chanchullos que pudo, malvendiéndolos y regalándolos a soldados y amigos. Los campesinos pobres a quienes se les habían prometido parcelas de tierra continuaron sin ella porque los bienes expropiados pasaron a manos de burgueses y aristócratas quienes los entregaban a arrendatarios, desinteresándose de invertir en ellos. Muchas fortunas actuales se cosecharon de esta manera.

Los monjes fueron expulsados de sus monasterios y las comunidades disueltas con la prohibición de “volver a reunirse en corporación”. Después, el populacho inculto y salvaje saqueó los centros religiosos llevándose cuanto había de valor, incluso las piedras.

La Iglesia protestó durante casi dos décadas por el despojo pero lo único que consiguió fue un mal acuerdo. En virtud del Concordato de 1851 la Iglesia recibiría una consignación perpetua para el sostenimiento del clero y el culto y, a cambio, renunciaba a los bienes desamortizados.

 La Restauración

Con la Desamortización el monasterio fue saqueado y la ruina se cernió sobre él. Habría de transcurrir casi un siglo para que una esperanza de vida llegara al valle del río Ursaria. El impulso vino de la mano del obispo de Ourense González Cerviño quien, después de no pocas gestiones consigue que en el otoño de 1929 un grupo de monjes dirigidos por fray Ildefonso Junquères se instale en Oseira para preparar el monasterio. Trabajaron mucho y lograron inaugurarlo el 3 de agosto de 1930 con gran expectación por parte de los medios de comunicación de la época y las gentes de las aldeas que se agolpaban para ver pasar al nuncio de Su Santidad. Asistieron al acto varios abades y priores de otros monasterios. Era sólo el comienzo, no obstante, pues las obras durarían casi treinta años. En el empeño se dejó alma, vida y corazón el padre Juan María Vázquez Rey, una enciclopedia viviente según dicen quienes bien le conocieron. En reconocimiento a las obras de restauración, en 1990 la Diputación le concedió a la abadía la medalla de oro de la ciudad e hizo los trámites para optar al premio Europa Nostra, que consiguió, y entregó en Oseira la reina doña Sofía ese mismo año.

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