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NICANOR CARBALLO

El hecho de dejar en Oseira dos obras monumentales para suplir a las que se  llevaron en la época del abandono me da pie para ofrecer una breve semblanza del maestro, a fin de que todos los ourensanos puedan conocer mejor a su paisano. Nicanor Carballo nació en 1932 en Tioira (Maceda), en plena vía romana de Braga a Astorga.

El propio artista nos asegura que de niño era bastante travieso, pero yo diría que más que travieso se mostró inteligente, al dar pruebas de un ingenio superdotado, pues ya de 3 a 4 años, cuando la señora María le llevaba a la iglesia, en vez de rezar, se entretenía haciendo sus cálculos de cómo podría hacer él una imagen parecida a la que tenía delante en el altar. Se había fijado en la manera que tenía su padre para calcular con la vara de medir, y se decía para sus adentros: “Desde lo alto de la cabeza hasta la nariz, tanto; de la nariz a la barbilla, tanto…” Recuerda igualmente los problemas que tenía entonces para encontrar arcilla con qué modelar las figuras, “porque era muy difícil conseguirla. A veces iba al huerto, cogía un nabo y lo trabajaba hasta darle forma”. De esta manera tan sencilla se fue desarrollando en él la inclinación que algún día había de condicionar su vida, la de artista de notable celebridad.

Tenía solamente diez años cuando realizó la primera escultura. Tomó una piedra de granito del monte Pedroso, se puso a labrarla y sacó una imagen del Sagrado Corazón, la cual se apropió para sí una tía suya, y hoy dice el artista con cierta pena que “daría por él un millón y medio de pesetas” si apareciera, pero ignora su paradero. A los doce años trabajaba de alfarero, y según referencias, en una semana, dándole al torno, modeló con sus dedos ollas, botijos y muñecas en cantidad. Eran los años de preparación escolar, y el tiempo que le dejaban libre los estudios, además de esos pinitos de artista, los dedicaba a ayudar a sus padres en los trabajos del campo. En la escuela, más que por las letras, sobresalió entre todos los alumnos por su perfección en el dibujo.

A los quince años ingresó en los Jesuitas de Carrión de los Condes (Palencia), pero se vio que más que los estudios le atraía el arte. Según cuenta, le expulsaron porque “me gustaba pintar en todo lugar”. Sin embargo, no perdió allí el tiempo, pues el contacto con un ambiente espiritual profundo dejó en su espíritu una impronta imborrable, de tal manera que nuestro artista no se avergüenza en definirse “creyente y practicante” y sus aficiones predilectas son cincelar esculturas religiosas y “reconoce que cuando da forma y hace imágenes de santos lo hace pensando que su mayor satisfacción es que “la gente goce contemplándolas”, y no tiene rubor en manifestar que “mientras hace una escultura habla con la persona que representa”. Así se explica que le salgan tan bien las imágenes e inspiren piedad, porque procura infundírsela.

A los veintitrés años, terminado el servicio militar, se dedicó de lleno a seguir su vocación escultórica, instalándose en San Sebastián. Una mañana se presentó en los talleres “Altuna e hijos”, donde más de cincuenta italianos labraban el mármol de Carrara y piedra norteña. Pronto demostró nuestro artista gallego sus habilidades al esculpir en piedra una figura de Cristo crucificado de 1,10 metros de alto. Tardó en la obra 72 horas manejando el martillo y el cincel y resultó tan perfecta, que la dejaron en una exposición permanente.

Cerciorados los jefes del genio artístico de Carballo, presionaron para que se quedara con ellos, pero prefirió trabajar por su cuenta, tanto para la empresa como para otras de distintas ciudades esculpiendo cristos, vírgenes, ángeles, grupos escultóricos, tallas de cuerpo entero, bustos y escudos, lo mismo en piedra que en madera. Preparaba los moldes en arcilla o escayola para si o para “Altuna e hijos y otros escultores. Desde 1955 se dedicará a trabajar el mármol y muy especialmente la piedra de granito, para satisfacer encargos que le llegaban de continuo de España y Francia. Vivía en una casa que él mismo se construyó.

Los años 1965-1978 fueron decisivos en la vida de Carballo al entablar relaciones con Eduardo Chillida, artista de gran renombre, cuando se encontraba en plena efervescencia creadora de inspiración abstracta. Chillida, de familia acomodada, era dibujante excepcional, pero necesitaba alguien que plasmara sus ideas. Precisamente su encuentro con Carballo fue decisivo, por haberse completado ambos artistas, tanto por la inspiración como por las simpatías personales. Días y días enteros pasaron juntos, trazando planes, desarrollando proyectos, muchas veces sugeridos por nuestro artista ourensano. La renombrada escultura de O Peine do vento, existente en la playa de la Concha de San Sebastián es de inspiración de Nicanor Carballo, ya que Chillida perdió el boceto. En una palabra, Carballo fue para Chillida las manos de su inspiración creadora en las obras que más celebridad han dado a su persona.

La producción escultórica de Carballo es impresionante tanto por su amplitud como por el mérito de la misma. Sin duda ha de pasar a la historia con fama inmarcesible. No es este el lugar de detenernos a reseñarla, pero no quiero omitir una de sus últimas creaciones que ha hallado eco aun fuera de nuestras fronteras. El propio artista me ha enviado unos recortes de periódicos catalanes en los que se habla muy detalladamente tanto de las obras salidas de manos del artista como de su persona. En uno de los titulares leo: “Un artista ourensano devuelve el esplendor a una iglesia de Tarrasa”. Construyó en siete meses 12 apóstoles de casi 700 kilos de peso cada uno. Se trata de una iglesia con portada gótica que había perdido las estatuas durante la Guerra Civil, y al cabo de 60 años se volvieron a colocar gracias a una suscripción popular.

Fueron los encargados de esa comisión quienes supieron del trabajo de Nicanor Carballo y quienes hicieron el encargo “después de comprobar que un taller especializado de Italia tardaría siete meses con cada figura y cobraría mucho más que nosotros”. El precio de todo el conjunto fue de siete millones de pesetas “por un trabajo que realizaron cuatro canteros durante siete meses.

”Las figuras son de 1,80 metros, y un peso que oscila entre los setecientos y ochocientos kilos”. Este solo detalle de que realizaran la obra en la mitad del tiempo, con una perfección impresionante y mucho más barata que los italianos evidencia el genio artístico del carácter español, comparado con el de los artistas de otras naciones que a veces les juzgamos pioneros en el arte y se quedan muy atrás –menos en el cobrar las puntadas—a la hora de la verdad.

La fuente que nos ocupa, similar a la de la Plaza del Hierro, catalogada por Cuevillas como “muy del quinientos, resalta por su elegancia renacentista y con mucha y oscura mitología”. Aunque no soy especialista en la materia, ofrezco una breve descripción provisional de la misma, explicándola como yo la entiendo, en espera de que alguien, con más preparación, pueda ofrecernos otra descripción más técnica.

Asentada en el centro de un tanque o pilón hexagonal lobulado, emerge la columna soporte, formada por tres cuerpos verticales y su coronamiento. Sobre una base en forma de hexágono macizo se levanta el primer cuerpo con cuatro figuras femeninas que bien pueden ser especie de nereidas o ninfas del mar, que suelen representarlas los artistas cabalgando sobre delfines o caballos marinos. En el caso presente solamente aparece el busto de las doncellas como emergiendo del agua, enlazadas las cuatro figuras por una especie de guirnalda que sostienen debajo de los brazos.

Sobre ellas se alza el segundo cuerpo, con tres figuras femeninas en pie, que pueden ser especie de cariátides, que eran figuras de mujer empleadas por los antiguos para sostener el arquitrabe de los edificios. Aquí no sostienen arquitrabe alguno, sino la primera taza grande que recoge el agua vertida desde la taza superior y que desagua en el pilón grande de la base a través de cuatro cabezas de león.

El tercer cuerpo lo componen tres adolescentes, que en un principio nos pareció que eran eros, divinidad del amor, o crías de atlante, que venían a ser cariátides masculinas semiempotradas sobre cuya cabeza u hombros descargaba cualquier entablamiento o elemento de un edificio; pero algún perito me ha asegurado que se trata de tres telemones, enlazados por una especie de cinturón ondulado que sostienen con sus manos a la altura de la cintura, sobre cuya cabeza descansa la segunda taza, mucho más pequeña que la anterior, de cuyo centro emerge el coronamiento, formado por dos águilas adosadas entre sí por la espalda, en posición vertical, las alas un tanto extendidas, de cuyos picos brotan sendos chorros de agua que va cayendo de taza en taza hasta llegar al pilón lobulado que rodea la base, de que hablamos al principio.

Lleva una novedad respecto a la fuente de la Plaza del Hierro; las águilas imperiales, en sintonía con el origen del monasterio –fundación de Alfonso VII el emperador—que en Ourense aparecen coronadas en metal, en Oseira la corona es de la misma pieza de granito que el resto de la fuente.

La dirección tanto de esta fuente como la anterior del patio de pináculos, ha corrido por cuenta de un monje de la comunidad, el padre Eladino Marnotes Muleiro, quien ha remodelado los patios y abierto los arcos. Oseira presenta hoy una fisonomía muy distinta de como tenía antes. Todos lo echan de ver, al encontrarse por este patio central lleno de luz y con el complemento de la magnífica fuente que lo llena.