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LA RIBEIRA SACRA

El origen del nombre Ribeira Sacra hay que buscarlo en el gran número de eremitorios que había en la zona en la Alta Edad Media. En el documento que firma en Allariz Teresa de Portugal en el año 1124, a propósito del monasterio de Montederramo aparece como Riboyra Sacrata.

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En la Ribeira Sacra lo fluvial y lo sagrado están íntimamente unidos y crean un ambiente que predispone a la contemplación de la belleza circundante y a la meditación sobre los muchos misterios de la existencia.

La magia que el visitante sensible del siglo XXI siente cuando se adentra en esta comarca, o cuando se asoma a los profundos barrancos que flanquean los Cañones del Sil, es posiblemente la misma que cautivó a los eremitas que poblaron estas tierras los siglos VI, VII y VIII. Un soplo de admiración y de “nostalgia de algo más” que les estremeció el alma y que les obligó a quedarse allí definitivamente.

  De cenobio a monasterio

De todos los monasterios, Santo Estevo de Rivas de Sil, transformado hoy en hotel monumento, es el que más influencia tuvo en la Edad Media. Tal como narra Cid Rumbao en su Guía turística de la provincia de Ourense, el ermitaño Franquila, hacia el año 918, junto con el conde Gutierre Méndez, padre de san Rosendo, fueron a Verín a pedirle al rey Ordoño II que “les diese aquel sitio del monasterio antiguo que estaba desierto y despoblado con gran ruina y destrozo”. Los causantes de aquella ruina, y no solo la de aquel cenobio, sino la de todos los de la Ribeira Sacra, habían sido los árabes que por allí habían pasado el siglo VIII arrasando todo lo que encontraban a su paso, y matando o haciendo huir a paisanos y eremitas.

Hoy día el remozado monasterio puede competir con cualquier parador u hotel del mundo. Seguro que ninguno encierra entre sus muros tanta historia, posee tanta belleza arquitectónica y está ubicado en un paraje de tanta grandiosidad como los Cañones del Sil a los que casi se asoma.

  Mirando a Edad Media

Como ya quedó expresado, la denominación “Sacra” tiene un pedigrí milenario, pues ya en la Alta Edad Media, cuando buena parte de la España visigótica aún no era católica, pues profesaba la herejía arriana, ya en Galicia, gracias a la influencia de los monjes de san Benito, se practicaba la fe ortodoxa. Y era precisamente en las tierras de las riberas del Sil donde florecía una gran religiosidad, primero eremítica y luego monástica, que hizo de esta apartada región una auténtica “Ribeira Sacra” salpicada de eremitorios y monasterios. Por desgracia, de buena parte de ellos solo quedan restos, y de algunos solo conocemos su existencia gracias a antiguos documentos.

El decaimiento general y paulatino de la vida conventual en el siglo XVIII, el regalismo de los Borbones y el fanatismo anticlerical de Mendizábal en el XIX, propiciaron el fin de estos monasterios que a lo largo de todo ese siglo y buena parte del XX estuvieron en un total abandono. Casi sin excepción fueron sometidos a un saqueo inmisericorde por parte de los vecinos, y sobre todo, de políticos y personajes influyentes que se llevaron todo lo que pudieron de las riquezas que alo largo de los siglos habían ido atesorando muchos de estos monasterios. Y terminadas las obras de arte, las autoridades estatales y los políticos locales se encargaron de malvender o repartir entre sus amigos las extensas propiedades de tierras que pertenecían a los conventos, bien porque las habían heredado de fieles piadosos o por donaciones de los soberanos a lo largo de los siglos.

Tan tarde como en el siglo XIX, Santo Estevo tuvo que soportar los destrozos y expolios a los que las tropas francesas lo sometieron, tal como solían hacer en los monasterios donde acampaban. Por lo que hace a la fábrica material y a la solidez arquitectónica de muchas de estas edificaciones, era tal la perfección de aquellos maestros canteros del Medievo, dirigidos ordinariamente por los propios monjes, que no solo fueron capaces de aguantar el paso del tiempo, sino el abandono en que, sin techos ni ventanas, se vieron por muchos lustros. Por suerte, en nuestros días se ha despertado un interés por acabar con esta triste situación y por conservar y revivir lo que queda de aquellas espléndidas construcciones.

 

Eremitorios desaparecidos

Como ejemplos de eremitorios desaparecidos podemos poner el de San Xoan de Cachón, transformado luego en ermita, en cuyas ruinas aparecieron elementos prerrománicos. Se dice que allí vivía Franquila antes de emprender la construcción de Santo Estevo. Del de San Xoan de Camba, del siglo XII, no quedan más que algunos restos, lo mismo que del de San Vicente, en Nogueira de Ramuín. En el de San Paio de Abeleda aún se puede hacer mucho. De Santa Cristina queda parte del claustro y una hermosa puerta lobulada, y la iglesia con su campanario. Otros monasterios han corrido mejor suerte, como el de Xunqueira de Espadañedo del que quedan tres lienzos del claustro y otras dependencias totalmente restauradas, y Santa María de Montederramo, declarado Monumento Nacional en el año 1951. Fundado en 1124, fue agrandado y restaurado en los siglos XVII y XVIII. Del de San Pedro de Rocas, el más interesante de la provincia, quedan abundantes restos del primitivo cenobio fundado el año 573. Durante años fue administrado por Benposta, la “Ciudad de los muchachos”, del padre Jesús Silva, que lo utilizaba fundamentalmente para actividades culturales y de convivencia. En la actualidad, la Consellería de Cultura lo ha convertido en un Centro de Interpretación de la Vida Monástica.

A lo largo de toda la Ribeira Sacra existe un buen número de ermitas y capillas sobre las que corren interesantes leyendas, como Nosa Señora do Monte, Santa Xusta o San Brais.

Castillos y otras construcciones civiles

Los pazos y las casas solariegas abundan en la Ribeira Sacra. Pero lo más destacable entre las construcciones civiles es el castillo de Castro Caldelas. Su construcción como Gran Castillo de la Corona tuvo lugar en el siglo XII, aunque hay constancia de que ya en el siglo X los reyes tenían allí una residencia en la que se alojaban en sus viajes y estancias en Galicia. El castillo tiene una larga y turbulenta historia, pues los reyes llamados Alfonso, desde el V hasta el XI, se alojaron allí con frecuencia y dotaron al lugar de privilegios y fueros. En el año 1471, los hermandiños causaron en él grandes destrozos, pero una vez derrotados, se vieron obligados a recomponerlo.

Algunas construcciones típicas también están siendo recuperadas. Es el caso de molinos, hórreos, palomares, “sequeiros”, hornos, bodegas y casas de campo. También se hace acopio de utensilios y antiguos aperos de labranza para exponerlos en museos locales o comarcales.

En algunos municipios de la Ribeira Sacra se desarrollaron en el pasado oficios originales, como hojalateros, sogueros, barquilleros, afiladores, paragüeros o alfareros.

 

Vino, cruceros y turismo rural

Y si dejamos a un lado el patrimonio artístico y la riqueza paisajística, si por algo es especial la Ribeira Sacra es por sus vinos. La Denominación de Origen Ribeira Sacra ha entrado con gran fuerza en los mercados nacionales e internacionales y ya se ha hecho acreedora de primeros premios en los certámenes de más prestigio. Las empinadas laderas de los Cañones del Sil parece que tienen un don especial para madurar los racimos y para dotar a los vinos cultivados en sus “socalcos” de una gracia especial.

Los “cruceros” por el Sil en catamarán, a lo largo de los casi treinta kilómetros de longitud del tramo del río comprendido entre A Teixeira y Nogueira de Ramuín es otro de los atractivos de la Ribeira Sacra, como también el abanico de casas rurales y pequeños albergues para alojar a quienes buscan aislarse del bullicio y pasar unos días en pleno contacto con la naturaleza.

RUBIÁ

Por estar rodeada de montañas goza de unos paisajes espectaculares. Su terreno calizo favorece la formación de cuevas con estalactitas y estalagmitas de gran atractivo. En los pueblos de Covas y Biobra existen varias de estas grutas naturales que se conocen con el nombre de palas, donde en otros tiempos los pastores se guarecían de la lluvia. Estas cuevas están prácticamente sin explorar y tan sólo son visitadas por los espeleólogos.

Este lugar estuvo muy romanizado como todo el valle de Valdeorras. Hace algunas décadas se encontró en Rubiá (antes Rubiana) un ara dedicada a Ravveana Bareco cuyo texto traducido dice: “Albino Tito Torubo, africano, puso de buen grado este monumento a Ravveana Bareco”. Bareco es una divinidad celta; Ravveana se supone que es una deidad local que aparece solamente en este paraje, al que le da nombre.

La Vía Nova atravesaba el territorio de Rubia por Vega de Cascallana, Robledo de la Lastra, y ascendía por la sierra de la Encina, frente a Oulego donde aún se advierten partes del trazado hasta Cabarcos y Bergidum Flavium. En Vega de Cascallana hay una iglesia que, aunque artísticamente no tiene apenas valor, los vecinos se sienten muy orgullosos de ella porque fue trasladada piedra a piedra desde Alberguería cuando se construyó el embalse. En Robledo, un poco más arriba del cementerio, en una pista a la derecha se conserva parte del trazado de la Vía Nova. En Oulego, al pie de la sierra de la Encina “llamada así por una vieja encina que servía de referencia a los arrieros” sitúa Díez Sanjurjo la mansión romana Gemestario.

Muy cerca, ya en Ponferrada se encuentran las Médulas, formadas por la acumulación de detritus de las explotaciones de oro romanas. El caso del robo de las Médulas tuvo gran repercusión en su época. Una cuadrilla compuesta por varias personas conocidas de la provincia asaltó a los arrieros que conducían el dinero del Estado y se hicieron con un botín de más de un millón de reales. Hubo varios muertos y heridos y un largo proceso en el que se condenó a algunos pero, según la creencia popular, los verdaderos culpables quedaron libres y se asegura que no pocas fortunas podrían haber tenido su origen en el robo de las Médulas.

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