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EL PUENTE DE VILARIÑO FRÍO

Salimos de Ourense antes de amanecer y subimos el Rodicio con niebla, pero ya en el alto, los primeros rayos de sol luchaban por asomar entre las nubes bajas. Las vacas ya empezaban a desperezarse en las praderas de Casetas disponiéndose a arrancar los primeros bocados aderezados de rocío, antes de que los enjambres de moscas y tábanos interrumpiesen su paz rumiante.

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Estamos cerca. La torre del campanario de Vilariño Frío se divisa a lo lejos. El pueblo es pequeño, de piedra, de pocos vecinos como casi todo el rural gallego. Unas gallinas rubias y abigarradas en un corral y un perro al lado de un cobertizo son las únicas muestras de vida activa. Es nuestra tercera visita, pero hoy estamos de suerte. No llueve y la niebla ha ido desapareciendo dando paso a un sol radiante, y preciosas nubes algodonosas adornan el cielo. Hoy, ¡por fin!, podremos fotografiar el puente romano, perdido allá abajo entre los árboles.
Seguimos el indicador de madera e iniciamos el descenso hacia el río. Un camino rural recién ensanchado, atravesado por pequeños regueros que los vecinos trazan para evitar que se anegue conduce hacia lo más profundo del valle. El camino discurre sobre la XVIII vía militar o Vía Nova del Itinerario de Antonino, de Braga a Astorga. Esta calzada aparece en la Riberira Sacra en Tioira (Maceda), donde se puede contemplar un miliario como testigo, y continúa por el alto del Rodicio hasta Vilariño Frío y sigue por Santiago da Medorra y por el pueblo de O Burgo, en Castro Caldelas, hasta perderse en las tierras de Trives. Según descendemos hacia el puente romano podemos ver parte de las piedras de la calzada formando parte de los muros.
La lluvia de los últimos días es nuestra peor enemiga y nos hace hundirnos a cada paso en el suelo arenoso. Nuestros pasos interrumpen la soledad de un caballo blanco que pasta apaciblemente. Con la crin al viento, levanta la cabeza y nos mira desconfiado y desafiante por invadir su territorio. Su prestancia nos trajo a la memoria los míticos unicornios. En el campo contiguo, un asno, de los pocos que quedan en nuestra maltratada naturaleza, también parece asombrado. Más abajo, un campo de vacas “marelas” con esquilas cantarinas y unas cuantas ovejas pacen ante la mirada atenta de una campesina de bata y pañuelo de cuadros, apostada en su bastón de mando, a aixada. web_puente vilariño frío. calzada
Los alisos de ramas desnudas en esta época, nos anuncian el río. Es el Mao, con un reducido caudal a pesar de estar en diciembre. Sobre él, el puente romano sobre el que pasaron las legiones de Décimo Junio Bruto durante la conquista de estas tierras. Pequeño como el de un Belén, sin barandillas, pero recio, esperando aguantar al menos dos mil años más. Su calzada, sus machones y sus tres arcos de luz, como ojos vivientes, contemplan impertérritos el paso de los siglos.

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