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EL AFILADOR

El que esto escribe, estando un día en un país del Caribe, oyó el típico sonido del chifro que usan los afiladores y que tantas veces había oído en su niñez desde su casa en Ourense. Di un salto, porque me pareció que aquello no era posible y miré a través de la ventana. ¡Y allí estaba! Caminando pausadamente con su gran rueda por la izquierda de la Avenida Wilson, repitiendo una y otra vez el fuuuuuit fuuuuot de su flauta escalonada, de pequeñas cañas.

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Me invadió una terrible nostalgia de mi tierra a la que no veía desde hacía años. Yo seguía observando a aquel desconocido que se había parado precisamente debajo de mi ventana, y que observaba las puertas, esperando que apareciese algún cliente con unas tijeras que afilar o que alguien le hiciese señas desde algún balcón. Tuve la intuición de que era ourensano, porque los ourensanos éramos los que teníamos el monopolio de aquella máquina y de aquel oficio trashumante. Sin pensarlo dos veces, bajé las escaleras y me dirigí a él. Al oírlo hablar supe que era de los míos. Su acento lo delataba. ¿Vostede non será de Nogueira de Ramuín?, le espeté. Sorprendido, me miró fijamente sin decir nada. Se había quedado tan desconcertado con mi pregunta como yo con su presencia. Me contestó como quien comunica un secreto, usando al mismo tiempo un tono filosófico: ¡Son de Esgos! Hablamos largo. No le volví a ver. Pero muchas veces he pensado en la intrepidez de tantos hijos de la tierra ourensana que, provistos únicamente de su rueda y de su arte, se ganaron honradamente la vida muy lejos de su terruño.