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CEPA, VINO Y EUCARISTÍA

Si digo que el monasterio de Oseira es para mí un refugio donde veo a Dios por todas partes, no crean que es una hipérbole.”Fray Damián, cada vez que vengo llevo mi alma llena de algo que no sé definir”, le decía al padre Damián el sábado pasado. Y es verdad. Siempre me culpo de no ir más a menudo, pero las obligaciones de la vida cotidiana rompen mis promesas y deseos. Conozco a todos los monjes, pero con algunos tengo una relación especial. Con el padre Damían me une un cariño inmenso desde hace años. Trabaja sin tregua –aún hay mucho que hacer—en lo que él llama su leonera atestada de papeles y libros; pero siempre está dispuesto a brindarme su colaboración. Es de fácil conversación, amena y no le falta el sentido del humor de todo hombre inteligente. El saco de las anécdotas no tiene fondo y los dos reímos a mandíbula batiente cuando sale a relucir alguna historieta vivida por él mismo a lo largo de sus muchos años de monacato. Es de los pocos que puede decir que vivió con san Rafael Arnaiz, el santo trapense canonizado por Benedicto XVI, y que fray Damián propuso como patrón de la juventud.

Cuadro del hermano Luis

Cuadro del hermano Luis

Con el hermano Luis también tengo una buena relación. Es el pintor oficial del monasterio. Yo creo que tiene algún santo que le guía el pincel porque si no, es imposible. Es capaz de pintar un cuadro en dos horas.

Suele preparar exposiciones a propósito de hechos puntuales, como el Año Jubilar de San Rosendo. La última que preparó sobre la JMJ, para dar un poco de ambiente a los peregrinos que pasan por la abadía, confieso que me impresionó, lo mismo que las leyendas que complementan cada cuadro. El padre Damián me había recomendado ir a verla porque había lienzos que tenían como motivo principal el vino, y podían venirme bien para el monográfico que estaba preparando. La primera sorpresa fue encontrarme con una pintura mucho más evolucionada, más abstracta y figurativa, donde aparte de la pincelada, mucho más libre y abierta, se vislumbra el alma de la mano ejecutora.

De toda la ejecución, quedé prendada del Cristo que reproducimos, que es vid y vino, cuerpo y sangre, el gran milagro de la redención.