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BEATO SEBASTIÁN DE APARICIO

Cuando venía a Galicia, antes de la construcción de la autopista, siempre me llamaba la atención a la salida del  pueblo de A Gudña, la rústica estatua de granito de un hombre medio encogido que parecía estar siempre aterido de frío. A pesar de ser de piedra, me daba la impresión de estar demasiado solo. Allí estaba siempre, lloviera, hiciera sol o nevara. Un día supe que era el beato Sebastián de Aparicio, un arriero nacido en el pueblo en 1502. De niño trabajó de criado en la “Casa Grande de Fumaces” y cuenta la leyenda que fue curado por una loba de una peste que hacía estragos en la zona. A pesar de haber nacido en el seno de una familia rústica y humilde, su espíritu aventurero le llevó a abandonar su casa y buscar suerte en otras latitudes. A los veinte años parte hacia Castilla y después a Extremadura y Andalucía. Pero lo más grande estaba por venir. En Sanlúcar de Barrameda embarca hacia América donde el destino le tenía reservada una gran actividad social y espiritual. En aquellas tierras recién descubiertas, construyó carreteras, promovió el carro como medio de transporte e impulsó la agricultura y la ganadería. Se casó dos veces y llegó a tener una gran fortuna. Cuando ya era viejo, vendió todas sus posesiones e ingresó en la orden de los Franciscanos. Su cuerpo incorrupto se conserva en la catedral de Puebla en una urna de plata y cristal.